Primeras y ultima vez # 3
La primera etapa
Soltar lo seguro para abrazar la fe.
Oficialmente, así comenzó esta aventura de fe: creyendo al 100% en aquello que sentían que Dios había puesto en sus vidas.
Todo se movió rápido. Hubo preparación, cansancio, noches sin dormir y una batalla emocional muy profunda: soltar.
Soltar la comodidad, la rutina, la casa, lo conocido y la seguridad de siempre.
La primera noche en la casa rodante fue tan emocionante como dolorosa.
Mientras por fuera todo parecía una nueva aventura, por dentro el corazón de la familia estaba viviendo un duelo.
Matías e Isabella no pararon de llorar durante las primeras dos horas. Era la primera vez que entendían que su casa ahora se movía, que ya no estaban en el mismo lugar y que todo lo conocido había quedado atrás.
En medio de ese momento agridulce, hubo un gesto que se convirtió en abrazo al alma: antes de salir, su amiga Keila les llevó unas galletitas. Ese pequeño detalle endulzó un momento que, honestamente, se sentía bastante amargo.
Y así comenzó la temporada de las primeras veces.
La primera vez durmiendo afuera.
La primera vez administrando agua.
La primera vez viviendo con recursos limitados.
La primera vez descubriendo que lo que antes parecía infinito, ahora debía rendir.
Gastaron el agua en solo dos días.
El tanque se vació porque todavía no sabían cómo bañarse rápido, cómo lavar los platos usando menos agua o cómo adaptarse a una rutina completamente distinta. Incluso enfrentaron la primera experiencia de usar un baño seco y aprender a limpiarlo.
Era extraño: estaban en su casa, pero al mismo tiempo se sentían lejos de casa.
Poco a poco tuvieron que acostumbrarse a esta nueva realidad: su hogar ya no era un lugar fijo, sino el espacio donde estaban juntos.
Desde ese momento comenzó una rutina de fe constante.
Aunque la vida de todos siempre depende de Dios, en esta etapa lo sentían de una forma mucho más tangible. Ya no había estructuras, planes rígidos ni falsas seguridades.
Su seguridad era Dios al cien por ciento.
Y así empezaron a avanzar por Texas.
La primera prueba en el camino:
La primera salida y la primera parada también trajeron la primera prueba.
Hugo comenzó a sentir que algo no estaba bien con la casa rodante. El vehículo se sentía vencido en la parte trasera, como si algo estuviera fallando.
En una estación de servicio para camiones lograron detenerse y preguntar.
Fue la primera vez que escucharon esas palabras que nadie quiere oír al iniciar un viaje:
“El carro tiene un daño. Hay que arreglarlo, porque se les puede complicar el viaje.”
Enfrentarse a eso apenas comenzando fue muy duro.
Aunque para ellos su casa rodante parecía enorme, para quienes trabajaban allí era un vehículo pequeño comparado con los camiones que normalmente reparaban. Les dijeron que no era algo que usualmente hacían, pero que intentarían ayudar.
Y fue allí donde comenzaron a ver la mano de Dios en medio del camino.
Lo que parecía imposible, lo lograron arreglar.
Mientras tanto, ellos estaban preocupados por el presupuesto. Apenas iban comenzando y no sabían cuánto podría costar una reparación inesperada.
Pero la sorpresa fue mayor cuando les dijeron:
“Sigan adelante, no les vamos a cobrar nada.”
Fue imposible no reconocer el cuidado de Dios en medio de ese detalle.
Cambios de ruta y nuevas necesidades:
El plan original para salir de Estados Unidos cambió a última hora. Decidieron hacer una ruta más larga dentro del país, porque todavía se sentían más seguros permaneciendo un poco más cerca de lo conocido, por si algo llegaba a pasar.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a notar algo importante: les hacían falta muchas cosas indispensables.
Intentaron conseguirlas, comprarlas y resolver sobre la marcha, pero apareció una nueva frustración: ya no existía la comodidad de pedir algo y recibirlo dos días después en la puerta de casa.
Porque ahora ya no había una dirección fija.
Eso complicó muchas decisiones y les recordó que esta nueva vida requería mucha más paciencia, flexibilidad y fe de la que habían imaginado.
Gracias a amigos y a personas que Dios había puesto en su camino, encontraron un lugar en Ciudad Juárez donde podían recibir algunas de las cosas que necesitaban para continuar el viaje.
Así fue como lograron avanzar con más tranquilidad.
En Nuevo México estuvieron algunos días, tratando de adaptarse a esta nueva vida, aprendiendo a vivir con menos certezas y más dependencia de Dios.
Luego cruzaron Arizona, y una vez más siguieron intentando solucionar uno de los desafíos del camino.
Se dieron cuenta, por ejemplo, de que aunque la casa rodante tenía paneles solares, no estaba almacenando bien la energía. Estaban teniendo problemas con la electricidad, así que lograron reunir lo necesario para comprar una batería y fortalecer el sistema solar.
Y allí, una vez más, Dios puso a Gabriel y a su familia en el camino. Aunque no se conocían personalmente, un gran amigo en común hizo posible la conexión, y gracias a eso pudieron enviar algo tan costoso y valioso para continuar el viaje.
Ellos fueron clave en esta etapa. No solo recibieron la batería, sino que también los invitaron a comer y les dieron ese abrazo que tanto necesitaban.
En medio de baterías, paneles solares, paquetes sin dirección y planes cambiantes, volvieron a ver la fidelidad de Dios en los detalles más pequeños.
Una vez más, el camino les recordó que no estaban solos, que aun en los desiertos más inciertos siempre había personas, provisión y abrazos esperándolos justo en el momento indicado
La tormenta antes de cruzar:
Al llegar a Arizona, los esperaba otro desafío: una tormenta tropical.
El pronóstico era alarmante y todos estaban asustados. Habían pensado esperar dos días para dejar pasar la tormenta, pero alguien les aconsejó cruzar antes para evitar problemas más adelante.
En el fondo, Naty todavía no parecía lista para dejar Estados Unidos.
Ese país seguía representando lo seguro.
Antes de cruzar, entraron a una tienda y Naty comenzó a llenar el carrito con muchas cosas. No era realmente por necesidad, sino porque, emocionalmente, todavía le costaba soltar.
Entre los pasillos del supermercado lloró.
Lloró mucho.
Fue ahí donde Dios le recordó algo profundamente claro: lo más importante que debía llevar no eran cosas materiales, sino Su presencia.
A su corazón llegó una canción:
“Si tu presencia conmigo no va, yo no voy a ningún lugar.”
Cuando subió de nuevo a la casa rodante y puso esa canción, algo cambió.
Pudo mirar a su familia, respirar profundo y recordar que Dios estaba allí.
Esa paz se contagió a todos.
Como familia volvieron a abrazar la confianza y la seguridad de que Dios estaría en cada kilómetro del camino.
A dos minutos de la frontera:
Finalmente llegó el momento de avanzar hacia Sonora.
Estaban listos para cruzar.
Pero a solo dos minutos de la frontera, se detuvieron en una estación de servicio para cargar gasolina, y ocurrió otra primera vez inesperada: el vidrio delantero de la casa rodante se rompió.
Se quebró casi hasta la mitad.
La angustia volvió, los nervios regresaron y, por un instante, todo parecía querer detenerlos.
Pero así se estaba escribiendo esta etapa: con primeras veces, pruebas inesperadas y recordatorios constantes de que dejar lo seguro nunca es cómodo.
También fue la última vez que salieron de un lugar conocido para abrazar completamente lo desconocido.
La última vez de quedarse en lo cómodo.
Y la primera de muchas veces en las que comprobarían que obedecer a Dios casi nunca es lo más fácil, pero siempre termina siendo lo correcto.
Reflexion de Ruta:
Si esta primera etapa les enseñó algo, fue que la fe rara vez se siente cómoda.
La fe se parece más a un tanque de agua vacío, a una noche de llanto, a una tormenta inesperada o a un vidrio roto a minutos de la frontera.
Pero también se parece a galletitas llevadas con amor, a manos desconocidas que ayudan sin cobrar, a amigos que reciben paquetes importantes y a una canción que llega justo cuando el corazón quiere devolverse.
La ruta apenas comenzaba.
Lo que parecía una salida de Texas terminaría convirtiéndose en una transformación profunda para toda la familia.
Y si Dios había sido fiel en las primeras millas, podían confiar en que también lo sería en cada frontera, cada curva y cada país por venir.
La siguiente etapa apenas empezaba: cruzar a México y aprender que la verdadera seguridad nunca estuvo en un lugar, sino en Quién iba con ellos.

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