Renunciar a todo lo conocido para abrazar lo desconocido #2
September 28th
Una vez tomaron la decisión y le pusieron fecha al sueño, la vida entró en modo carrera contra el tiempo .
Los meses siguientes se convirtieron en una mezcla intensa de limpiar, sacar, vender, donar, acomodar y, sobre todo, soltar. Fue ahí cuando descubrieron algo: no tenían idea de cuántas cosas habían guardado “por si acaso” y que llevaban años sin usar .
La casa parecía una maratón infinita de cajas, recuerdos y objetos apareciendo de lugares sospechosos. Y en medio de todo, la vida seguía: trabajo, familia, responsabilidades con los niños, y hasta el canal de YouTube Los Sagi que Hugo había creado cuatro años antes soñando justamente con este viaje. Básicamente, eran unos malabaristas tratando de que no se les cayera ninguna pelota .
Pero no solo estaban soltando cosas.
También estaban soltando lo conocido.
Mathias tuvo que despedirse de su escuela, de sus amigos, de sus equipos de fútbol y béisbol, y dar el salto a una nueva aventura: homeschool. Para un niño sociable, eso no sonaba precisamente como el mejor plan del mundo.
Isabella también dejó atrás amigos, su trabajo, su carro, sus espacios seguros y todo lo que había construido en esa etapa tan especial de su vida.
Hugo, aunque ya estaba prácticamente con medio cuerpo afuera de la puerta, también tuvo que dejar su comunidad, amistades y la comodidad que les había costado años construir.
Y Natalia… quizá fue quien más fuerte sintió el peso de la despedida. Soltó su seguridad, su rutina y el trabajo que amaba profundamente: la radio, ese lugar donde durante años pudo contar historias y crecer.
Luego vinieron las despedidas más sensibles: la familia.
Los abuelos paternos se habían mudado dos años antes para estar cerca de Isabella y Mathias,
y el papá de Natalia también se había acercado a vivir junto a ellos. Dejar esa cercanía dolía muchísimo.
Pero además de lo emocional, llegó la gran pregunta que siempre aparece cuando alguien toma una decisión así:
“¿Y de qué van a vivir?”
Aunque tenían ingresos de su casa y algunas inversiones, sabían que no era suficiente. Ya no eran los mismos jóvenes impulsivos de 20 años atrás. Ahora había dos hijos, responsabilidades reales y la convicción de que la fe también necesita planificación.
Así que hicieron lo que tocaba: creer y actuar.
Comenzaron a recaudar fondos, vender lo necesario y organizar un plan sostenible. Y fue ahí donde empezó a pasar algo hermoso: Dios comenzó a mover corazones.
Personas cercanas, amigos, mentores e incluso gente que no los conocía personalmente comenzaron a apoyar el sueño. Algunos ayudaron económicamente, otros donaron artículos necesarios para la casa rodante, y otros simplemente creyeron con ellos.
Hubo momentos en los que faltaba una cantidad exacta… y literalmente aparecía esa misma cantidad. Una familia sintió en su corazón donar justo lo que necesitaban. Una mentora de Natalia creyó tanto en el proyecto que movió cielo y tierra para conseguir recursos. Otros llegaron con regalos, provisión y apoyo inesperado.
Poco a poco, la fe y la acción comenzaron a caminar juntas. Y con cada provisión, el miedo se hacía un poquito más pequeño.
Días antes de salir, amigos, familia y la iglesia organizaron despedidas llenas de amor, detalles y muchas lágrimas bonitas. Incluso pudieron mostrar la casa rodante y celebrar juntos el inicio de esta nueva etapa.
Todo parecía ser la manera de Dios decirles:
“No van solos. Yo voy delante de ustedes.”
Y entonces llegó el día.
Salir fue tan emocionante como doloroso. Había ilusión, adrenalina y el sueño finalmente en movimiento… pero también un corazón apretado por dejar atrás todo lo conocido.
Porque abrazar lo nuevo siempre viene con incertidumbre.Pero también con la posibilidad de vivir algo mucho más grande de lo que alguna vez imaginaron.







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