Primera Frontera #4

Una frontera, mucho estrés y la mano de Dios en Sonora.

Entrando a Mexico:

La frontera entre Estados Unidos y México, todo estaba saliendo muy bien.

Después de decidir avanzar incluso con el tema del parabrisas, la familia ya llevaba meses investigando toda la documentación necesaria. Todo estaba exactamente como el gobierno de México lo exigía, o al menos eso creían.

Mientras planeaban cruzar, Dios volvió a sorprenderlos: una familia se acercó para acompañarlos y guiarlos  por dónde debían pasar con la casa rodante para que todo saliera bien. Ese pequeño gesto les dio muchísima tranquilidad.

Habían cruzado varias fronteras antes —en carro y caminando—, pero nunca en una casa rodante. Y aunque ya tenían experiencia viajando, lo nuevo seguía trayendo  nervios.

Al llegar al primer control de aduana, la situación cambió por completo.

Un oficial comenzó a pedirles  documentos que no aparecían en ningún requisito oficial que ellos habían revisado. Cada vez que Hugo intentaba preguntar o entender qué faltaba exactamente, el hombre simplemente respondía con un rotundo no.

No explicaba.

No escuchaba.

No daba opciones.

Solo repetía que, sin ese papel específico, no entrarían al país.

Después de varios minutos, la conversación empezó a tensarse. Hugo ya estaba claramente frustrado porque no les permitían explicar absolutamente nada del proceso.

Fue entonces cuando decidieron pedir hablar con un superior.

La respuesta del oficial fue todavía más intimidante: les dijo que, si se arriesgaban a llamar a un superior, podían terminar sin permiso de entrada e incluso con la casa rodante retenida para siempre.

Ese momento les llenó el corazón de miedo.

No solo estaba la incertidumbre de si podrían entrar a México, sino también la preocupación por todas las cosas que llevaban dentro de la RV: materiales, herramientas y provisiones que usarían en su recorrido por las Américas trabajando con niños. También les preocupaba que les cobraran impuestos altos por todo lo que transportaban.

Aun con miedo, insistieron.

Cuando finalmente llegó el superior, al principio venía molesto, convencido de que la familia no estaba siguiendo las reglas del país.

Pero esta vez sí pudieron hablar.

Naty se acercó junto a Hugo, quien ya estaba bastante agotado emocionalmente por la situación, y le explicaron con calma todo lo que había sucedido: que el oficial no los había dejado hablar, que no les había explicado el proceso y que los documentos que pedía no coincidían con lo que las autoridades mexicanas indicaban.

Y ahí vino lo inesperado.

El superior se dio cuenta de que su propio equipo ni siquiera había revisado la documentación. De hecho, al preguntarle al oficial si ya había revisado los papeles, este respondió que no. Eso hizo que el superior se molestara aún más con su equipo, porque claramente no estaban siguiendo el protocolo correcto. Después de varias horas de tensión, miedo y caos en la frontera, todo cambió de rumbo.

Les permitieron seguir.


OFICIAL DE FRONTERA MEXICANA


No revisaron absolutamente nada dentro de la casa rodante. 
No les cobraron impuestos por lo que llevaban. Y, como regalo inesperado después de tanta presión, les dieron un permiso por 10 años para la casa rodante. Así, con el corazón todavía acelerado pero profundamente agradecido, continuaron su camino.

Por fin estaban en México.

Por fin seguían avanzando.

Y esta nueva etapa los recibió en un lugar completamente desconocido para ellos: Sonora, un estado donde nunca antes habían estado, pero que ya se sentía como el inicio de otra aventura más. Al mirar hacia atrás, entendieron algo que este viaje les seguía enseñando una y otra vez: Dios usa personas, procesos, demoras e incluso momentos incómodos para abrir exactamente la puerta correcta.

A veces la frontera no solo está en un país, sino también en el corazón:

 entre el miedo y la fe, entre el control y el soltar.

Y una vez más, eligieron confiar.



PRIMER ATARDECER EN MEXICO,SANTA ANA


Reflexión de Ruta:

 Hay puertas que parecen cerrarse con fuerza, no para detener el propósito, sino para recordarles

 quién es realmente el que abre camino. Esa frontera en Sonora no solo marcó la entrada a un nuevo 

  país, sino también un recordatorio profundo de que, aun en medio del estrés, Dios sigue usando lo 

  inesperado para confirmar que  Él va delante de la ruta.


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